
Adiós a un testigo silencioso: Hospital 12 de Octubre.
José Muñoz
¡Impresiona ver esta imagen! Demasiadas veces he visto esa figura asociada a guerra y destrucción.
Al observarla una sensación como eléctrica, extraña, recorre las vías por donde circula mi memoria
Más de 5 décadas desde que abriera sus puertas allá en el 1973.
Cuantas veces he recorrido esa carretera que separaba maternidad, de Oncología y Hospital General.
Por esas vías llegue a ver por primera vez a mi hijo y por esas misma via transite cuando fuí a despedir por última vez a mis padres.
Siempre me ha parecido que esos lugares tenían cierto aire transcendente. Al conectar y darme cuenta que estaba allí, ante esas dos puertas por donde entraban y salían nuestros seres de este mundo.
Por sus pasillos no solo transitaban médicos, enfermeras y familiares apresurados. Por sus puertas entraban y salían vidas completas: primeros llantos que anunciaban nuevos comienzos, susurros de esperanza en horas oscuras, sonrisas de alivio tras largas batallas, y a veces, el silencio solemne de las despedidas.
El Hospital 12 de Octubre no fue solo un edificio de hormigón y cristal. Fue un testigo existencial, un escenario donde se representaba diariamente el drama más profundo de la condición humana. Entre sus paredes, lo ordinario y lo extraordinario se fundían: un café compartido en la madrugada podía preceder a un milagro médico; una ventana por donde entraba el sol de la tarde podía iluminar tanto un diagnóstico difícil como una recuperación inesperada.
A pocos metros deslumbra “lo nuevo”, pero muchos sabemos que sobre sus pulidos pasillos, nosotros llevamos el legado y los intangibles del viejo Hospital 12 de Octubre.
















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