El arbol (historias de verano)

08/06/2026RedacciónRedacción
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Foto del escritor: Alucinos

AlucinnosDe donde soy, zona agrícola y ganadera por excelencia, ciertamente que la preocupación sobre el medio ambiente, solo es efectiva si ven una rentabilidad o bien les molesta en sus faenas agrícolas. No existe ningún aprecio por los árboles, ni por los animales que se resguardan en ellos. Si uno molesta pues se corta y en paz.

Volviendo a nuestro árbol, era una acacia, hermosa, frondosa y, que daba mucha sombra, y justo por eso, ya había sido objeto de alguna queja por los dueños de una de las huertas aduciendo que sus tomates no crecían como debían. Y de todo esto, lo mas curioso es que esta zona apenas hay árboles, solo matojos y zarzas moras (que a estas no las tocaban porque luego se comían las moras

En esta situación, el árbol seguía vivo que no es poco, para el contento de algunas personas que nos refugiamos bajo su sombra cuando el sol apretaba con rabia, y sobre todo para los animales que igual que para nosotros constituía un sitio seguro y fresco. Así, las ovejas, era fácil verlas todas juntitas como se ponen ellas, debajo de sus hojas encantadas de no estar subiendo y bajando colinas bajo el sol rabioso.

Pero de todos los pocos amigos de nuestro árbol, había uno que a mi me llegaba especialmente al corazón. Se trataba de Basilio, un burro precioso, aunque lleno de mataduras, sin ningún tipo de cuidados por su amo, que lo tenía siempre repartiendo lo que sacaba de la huerta.

Basilio, con su bondad infinita, bajaba la cabeza y allí se iba con el amo a vender hortalizas, cargado como un burro (que para eso están), hasta que su amo volvía, y después de descansar en su casa tranquilamente le sacaba un poco de cebada y hasta el día siguiente.

Pero Basilio, que tenía la sensibilidad de la carecían sus vecinos, se escapaba a la sombra del árbol y allí permanecía tolo lo que le fuese posible. Yo solía ir y encontrarme con él y aunque parece mentira, nos comunicábamos perfectamente, el se me acercaba y me chupaba los brazos y su expresión cambiaba de hastío y tristeza, a una de alegría y amor.

Lo entendía también, porque a mi me pasaba lo mismo. Al tenerlo allí, también me cambiaba la expresión de escepticismo con la humanidad, de fracaso y hartazgo, por la misma que lea veía a Basilio. Les rascaba entre las orejas y cerraba los ojos de agradecimiento y me hacía sentir útil, y querida como hacía muncho, mucho tiempo que no lo estaba.

Obviamente, al árbol, le llegaban estos sentimientos porque están en el aire, cosa que que muy pocos saben. Los sentimientos una vez que existen en uno, salen al exterior y aquellos que son capaces de sentirlos, se unen a ellos, y los que no, pues no se enteran de nada. Ojo, que salen los sentimientos buenos y malos y por eso gente con gran sensibilidad sin saber por qué, rechazan a unos y congenian con otros. 

El árbol, sentía estos sentimientos y se le veía reverdecer y emitir más frescura y hasta un leve perfume. Era su manera de agradecer, que en el fondo, gracias a él, tan denostado y menospreciado por todos, había algunos a los que proporcionaba felicidad y bienestar bajo sus hojas.

Sabía que tenía nuestro agradecimiento más profundo

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