El divorcio entre Messi y el Barça

Fútbol 01 de septiembre de 2020 Por Eduardo Grenier Rodríguez
Si Messi anunciaba públicamente su disposición a quedarse en Barcelona, él anunciaría su dimisión inmediata a la presidencia
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- Foto: Libertad Digital

La hambrienta parafernalia que rodea al fútbol deglute por estos días una de las noticias más jugosas del año. Qué digo del año: del siglo en curso. Porque siempre que aparezca el nombre de Messi las portadas serán vendidas como bisutería y la gente tendrá motivo para entablar una charla y discutir las mil y una posibilidades de si se queda, se va, está feliz o maldice la hora en que estampó su firma en el último contrato y estrechó la mano de Josep María Bartomeu, su nunca bien ponderado presidente.

Parece una novela y —reitero— la prominencia del protagonista basta para otorgarle un cariz de tensión al asunto. Leonel Messi anunció a su club, el Barcelona, que su estado actual en el club dista de tiempos pretéritos: ya no es feliz. Los constantes desaciertos deportivos y el puntillazo de la probable no continuidad de su más cercano “socio”, Luis Suárez, motivó al argentino a poner punto final a su historia en Can Barça. Lo hizo por burofax. Como si fuera un asunto menor. Como si no le importase demasiado.

El resto del relato es de dominio popular. A día de hoy, presuntamente ni el argentino sabe dónde jugará esta temporada. Los juzgados quizás sean los encargados de decidir, tras alegar Bartomeu que la cláusula que dicta la libertad de Messi de marcharse libre a final de temporada quedó obsoleta tras el 30 de junio, mientras la “Pulga” asume las características especiales de este curso, en el cual terminaron de jugar en agosto, como el asidero para prolongar el tiempo de este apéndice. Mientras tanto, espera Guardiola en Manchester y otros poderosos alimentan su sueño.

A todas estas, Bartomeu sacó de la chistera una de las pocas jugadas congruentes de su mandato, para poner la situación en un punto en que cualquier desenlace le dejaría bien parado. Si Messi anunciaba públicamente su disposición a quedarse en Barcelona, él anunciaría su dimisión inmediata a la presidencia. Así, un giro de los acontecimientos dejaría al bueno de Josep María como el hombre que sacrificó su poder para retener en el Barça al mejor jugador —según dicen muchos— que ha pisado el Camp Nou. Si la tozudez del rosarino lo mantenía con la voluntad de marcharse, Barto recogería sus bártulos y dejaría su silla de mandamás con la conciencia limpia de haber puesto los intereses colectivos por encima de los suyos propios.

De cualquier manera, no deja de ser una historia espantosa. La impoluta carrera de Messi en el Barça, donde ha sido idolatrado desde los tiempos en que siendo un crío puso en pie a los exigentes de la grada, merecía un mejor final. Como aquella imagen de Andrés Iniesta tendido sobre el césped del Camp Nou o la gente coreando su nombre en el Calderón durante la final de Copa. O al menos un desenlace amistoso, en el cual Leo confesara su inquebrantable amor por los colores azulgranas y su amargura por abandonar el hogar que siempre le abrigó. Al menos un pie a la nostalgia.

Pero ni eso. El burofax es una trituradora de emociones y puede ser, también, una fábrica de rencores. En ese mecanismo de comunicación Messi se equivoca. La transparencia de un discurso en el cual explicara sus motivos y la creciente necesidad de marcharse por sentirse incómodo con la directiva y por pensar que el futuro le pondría enfrente otro fracaso insoportable como el último de Lisboa, hubiese sido lo justo con su gente. Porque aquí, y solo aquí, Messi tiene menos razón que Bartomeu.

Esto no quiere decir que sea el rosarino el malo de la película. El personaje negativo de la trama siempre estará reservado, en todo caso, para el propio Bartomeu, encargado junto a sus fieles escuderos de negarle a Leo el proyecto ganador que este siempre ha querido y también reacio a negociar una partida adecuada para su estrella y el hombre que les ha otorgado tanta gloria.

Si en definitiva sucede su marcha al City, será la Premier la principal beneficiada. A su excelso espectáculo agregarán el aliciente de Messi, que sabrán vender y disfrutar durante un par de años más al menos. El argentino podrá al fin quitarse de encima el pesado lastre de solo jugar en España y las manidas justificaciones de quienes le comparan con Cristiano Ronaldo y aluden el rendimiento del portugués, ahíto de ganar en cuando suelo pisa. Tendrá un reto importante que le exigirá físicamente y quizás le quite tiempo al máximo nivel. Aunque sabrá cuidarlo muy bien Pep y los jeques no dudarán en llenarle las arcas de cuanto dinero pida.

Pero el Barça y su gente merecen otras maneras. Porque el Barça, en todo caso, es mucho más que el funesto manejo de Bartomeu y la inexperiencia de Abidal, de los dislates de Piqué y una entidad disminuida económicamente. Y si Messi en definitiva quiere irse, al menos haría bien con un poco de sensibilidad hacia aquellos que le quieren.

La frase: " Me fastidia ver a un entrenador que insiste con un sistema aun cuando ve que los jugadores no son los adecuados para llevarlo adelante. El entrenador debe observar las cualidades de sus futbolistas para, recién ahí, plantear un sistema determinado". MARCELO LIPPI.

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