Entre los hierros forjados a fuego lento, confinaste mi universo con el único propósito de trocarlo.

Ensortijada mi alma, mi ser suplicio era en la pira. Ni un ápice de compasión para ubicar el ayer.

Más en las gélidas horas de la  madrugada, los dedos de mis manos, garras del halcón peregrino, mi pecho resquebrajaron,  sembrando la tierra de rojo intenso;

El azul se tiño de hojas, corazones y mariposas, en el mismo momento en que se coagulaba mi sangre y yo misma pintaba mi lienzo de vida nueva.

Antes de que llegara la alborada,  el tigre se tumbó en mi regazo y libó el néctar de los dedos de mis manos, donde mis riñones fueron  hilados hebra por hebra, con permiso de las diosas, hasta que llegue el momento donde la luz dorada me encamine hacia la eternidad.

Marijose.-

 

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