Gerardo Femina.- En casi todo el mundo y también en Italia existe un sistema fiscal progresivo. Progresivo porque la tasa aumenta con el aumento de los ingresos: si gano 1000 pago 10 pero si gano 10000 no pago 100 sino 120. Esto tiene una lógica muy clara y se basa en la idea de justicia social y redistribución de la riqueza. Aquellos que ganan menos utilizarán sus ingresos principalmente para cubrir sus necesidades y, por lo tanto, es justo que contribuyan a la comunidad con impuestos muy bajos, si es que los hay. Una situación diferente es la de los “ricos”, que pueden satisfacer sus necesidades básicas utilizando sólo una pequeña parte de sus ingresos y, por lo tanto, pueden pagar un impuesto mucho más alto sin renunciar a una vida digna. Si pensamos en esto en términos concretos, observamos que una persona con un ingreso de, por ejemplo, 30 000 euros al año de cara a la compra de una vivienda, debe utilizar todo su dinero y esto durante muchos años. Una persona con unos ingresos de 200 000 euros al año no tiene estos problemas.

El principal argumento de los partidarios del impuesto plano es que esta reducción y simplificación del sistema tributario permitiría, por un lado, atraer a los inversores y, por otro, paradójicamente, aportaría más dinero a las arcas del Estado, ya que todo el mundo preferiría pagar impuestos “razonables” que correr los riesgos que conlleva la evasión fiscal.

En cuanto al primer punto, observamos que, de hecho, muchas industrias prefieren trasladar la producción a aquellos países donde los impuestos son más bajos y donde las leyes protegen más a los inversores que a los trabajadores. Países a menudo llamados del “tercer mundo” y tristemente famosos por la falta de respeto a los derechos humanos y la ausencia de todos los logros sociales típicos de las grandes civilizaciones occidentales. También hay países en una especie de “término medio”, como los de Europa del Este, que mientras mantienen una cierta legislación digna, un capitalismo salvaje ha hundido inexorablemente sus raíces. Por lo tanto, para los partidarios del impuesto plano, la solución no es una mejora global de las condiciones de vida en el mundo, sino degradar a Italia a ser un país donde los derechos humanos y la justicia social fracasan miserablemente ante las leyes del mercado. En un documental de la Rai se habla de la República Checa, mostrando a este país como un ejemplo en el que el impuesto plano ha producido un gran desarrollo. Un pobre documental que quería mostrar sólo una parte de la realidad. Efectivamente, el desempleo se sitúa en el 2% y los servicios sociales en un buen nivel. Es muy fácil encontrar trabajo, especialmente en grandes ciudades como Praga. Pero no se ha dicho que la economía de este país está creciendo debido a otros factores, como su vínculo con la economía alemana. Sobre todo, no se ha dicho que los salarios son bajos, que no existe un decimotercer salario, que no existe indemnización por cese, que es muy fácil despedir, por decirlo suavemente. Además, existen fuertes presiones para volver al sistema progresivo, como hizo Eslovaquia tras el fracaso del impuesto único.

Sobre el segundo punto, “todo el mundo pagaría sus impuestos”, observamos que esto es sólo una hipótesis y también tendenciosa. Es difícil estimar los efectos del impuesto plano, también porque no está claro cuál será realmente la tasa, pero trataremos de dar algunas cifras, aunque sólo sean indicativas.

Quien tiene un ingreso anual de 20 mil euros podría ahorrar 1 000 euros, con 50 mil euros ahorraría 8 000 euros, con 200 mil euros ahorraría 50 000 euros, con 1 millón de euros ahorraría 270 000 euros y así sucesivamente. Un Berlusconi podría percibir un millón de euros. También hay que tener en cuenta que, en el caso de las rentas bajas, cualquier ahorro sería anulado tanto por la supresión de las ventajas fiscales como por la probable reducción del gasto social.

Visto así, de una manera muy concreta y sin palabras, parece una operación realizada por el personaje Superciuk de la tira cómica de Alan Ford. Superciuk, a diferencia de Robin Hood, tenía una misión muy clara: ¡robar a los pobres y dar a los ricos!

Los partidarios del impuesto plano, para apoyar su propuesta, a veces hacen vagas referencias a Estados Unidos, pero olvidan que hoy Estados Unidos es un país en profunda crisis económica, con una deuda pública que ningún economista es capaz de cuantificar ahora, pero especialmente que en este país no está en vigor el impuesto plano.

Nos encontramos en un momento histórico en el que los empresarios y los trabajadores pueden reconocer que tienen un enemigo común: el gran capital financiero. A menudo en los medios de comunicación, cuando se trata del gobierno y la reforma, la frase “¿cómo reaccionarán los mercados?” aparece sibilinamente. “Mercados”, una palabra que pocos entienden como el “Spread” (*) pero que crea pánico. Estos mercados (que son sólo unas pocas instituciones financieras globales) deben ser escuchados antes de hacer una ley, antes de hacer cualquier reforma. Estos mercados que dictan la ley y están por encima de los estados, de la soberanía nacional, de los pueblos y de las necesidades reales de la gente. Estamos hablando de esos grandes capitales financieros, es decir, de dinero que no produce nada concreto sino otro dinero, que puede afectar a la economía de estados enteros y determinar sus opciones políticas. Capitales que crecen justo cuando las economías de los estados están en crisis o como dijo Mitterrand crecen cuando todos duermen.

¡Cuántos empresarios se ven hoy asfixiados por el estrangulamiento de los bancos! ¿Cuántos empresarios se ven obligados a tratar a los trabajadores como esclavos para ser competitivos en el mercado mundial o a cerrar sus tiendas?

Así que no nos burlemos de la gente, de los empresarios serios y de los trabajadores con falsas soluciones, golpeemos al único enemigo verdaderamente peligroso, el enemigo de todos: ¡los mercados, las grandes empresas y el capital financiero! Este sería uno de los primeros objetivos de un gobierno de cambio real.

La aplicación del impuesto plano, aunque sea para llevar oxígeno inmediato a las empresas del norte que lo deseen, además de golpear a los pobres y a la clase media, no va en la dirección de combatir a las llamadas potencias fuertes, no es una garantía de desarrollo real ni de crecimiento económico. Por el contrario, favorece precisamente a aquellos capitales financieros que obligan a los Estados a adoptar leyes cada vez más favorables para ellos.

Permaneciendo en este nivel de análisis, sin entrar en el tema de las profundas y esenciales contradicciones del capitalismo, hay algunas propuestas que el Partido Humanista hizo en 1984. Una es reducir drásticamente los impuestos para todas aquellas empresas que reinviertan beneficios en el territorio mejorando la calidad de la producción y creando cada vez más puestos de trabajo. En otras palabras, favorece a los inversores que aportan prosperidad y desarrollo duraderos a la economía real y no que obtienen beneficios y emigran a paraísos fiscales. En cambio, golpea con impuestos muy altos a aquellos que usan recursos, explotan a los trabajadores, aprovechan las instalaciones estatales y luego transfieren capital y producción a otros lugares, dejando el desierto detrás.

Otra propuesta es crear un banco sin intereses para apoyar y alentar a las pequeñas y medianas empresas.

Estas sencillas reformas, además de fomentar inmediatamente la inversión por parte de empresas serias y productivas, abren un nuevo camino que va en la dirección opuesta a la actual, a saber, la expansión del excesivo poder de los mercados financieros y la consiguiente destrucción de la economía real.

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