No faltan las esperanzas de un renacimiento de África. Cada año, al final del año, los aspectos desatendidos se vierten en el siguiente, que es visto como crucial para el destino del continente. Y también el 2019 está cargado con todo lo que no sucedió y, en cambio, se esperaba que sucediera. La lista es larga.

La crisis en la República Centroafricana no se resuelve a pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional. Continúan las muertes, no sólo por las armas, sino sobre todo por el hambre y las enfermedades que pueden curarse pero que la guerra hace incurables.

Luego está Sudán del Sur, el más reciente de los Estados africanos. Aún no había visto la luz, después de una larga guerra secesionista con Sudán, que ya daba origen a una disputa civil, con miles de muertos y millones de desplazados. Guerra que aún perdura hoy a pesar de los numerosos intentos de paz.

La República Democrática del Congo, donde se debe votar pero no se vota, donde la población podría ser la más rica del planeta. El país se encuentra entre los más ricos del mundo en cuanto a recursos naturales y, en cambio, se muere de hambre, enfermedades y guerras que nunca terminan. Un país de rodillas, incluso por la voluntad de sus gobernantes que no están interesados ​​en su propia gente.

Luego están los dinosaurios bulímicos del poder y el dinero. Sobresale uno, Paul Biya, en el poder por treinta y seis años y reelegido, no sin fraude, en 2018. Por no mencionar al presidente de la República del Congo, Denis Sassou Nguesso, líder del país desde 1979. Pero en este rubro le gana a todos la dinastía Bongo en Gabón, primero el padre Omar y ahora el hijo Ali, que gobierna el país desde 1967, 51 años.

El continente con los presidentes más antiguos y la población más joven

En resumen, un continente con los presidentes más antiguos del mundo y el pueblo más joven. Un continente, además, víctima de la migración. El 75% de la movilidad tiene lugar dentro del continente. Hay 25 millones de personas que pasan de un estado a otro en busca de mejores oportunidades o para escapar de las guerras. Los inmigrantes que llegan a la costa europea son sólo la punta del iceberg.

Pero también ha habido avances significativos.

Sobre todo, debe ser señalada la paz entre Etiopía y Eritrea, con la esperanza de que los pasos sean cada vez más firmes. Y, también en Etiopía, la elección como presidente del país de Sahle-Work Sewede (en la foto), la primera mujer en ocupar ese cargo y la única jefa de estado en el cargo en toda África. Una verdadera revolución.

Y ya fuera de todo estereotipo, el futuro de África pasa por la emancipación de las mujeres, de lo contrario no ocurrirá.

Pero vamos al año que está por abrirse. Como todos los años parece ser crucial.

Habrá votaciones en 11 países. ¿Una prueba de democracia? Tal vez. Sin embargo, está claro que apenas un número cercano al 28% de la población del continente irá a la votar. Primero, las dos primeras economías de África: Nigeria con un PIB de 376 mil millones de dólares y Sudáfrica con 349 mil millones de dólares (datos del Banco Mundial).

También habrá elecciones en Argelia y Túnez, cruciales para la estabilidad de África que domina el Mediterráneo. Si todo sale como se espera, ganará la democracia.

Las crisis migratorias y la pobreza de África.

Pero con la democracia no se come. Los datos sobre la pobreza del África subsahariana lo demuestran. Sigue siendo intolerable que el 40% de la población, aún viva con menos de $ 2 por día con una población joven sin posibilidades de futuro. El PIB del continente, después de la crisis de 2016, principalmente debido a la recesión de Nigeria y al colapso de los precios de las materias primas, ha reanudado su crecimiento a un ritmo que está dando envidia a Occidente.

El mercado africano es todo menos estancado. Cada año genera más de 500 mil millones en ingresos y otros ingresos tributarios, más de diez veces la ayuda externa que recibe anualmente, a la que incluso se agregan 60 mil millones de dólares en remesas a los países en desarrollo. Sin embargo, el continente africano gasta más de $ 300 mil millones cada año para importar bienes que podría producir internamente, si los gobiernos tan sólo promovieran la industrialización.

Si se pasara, por ejemplo, de una agricultura de subsistencia a una agricultura que promoviera la industria de procesamiento. Sin estos cambios, pequeños pero efectivos, la democracia seguirá siendo una palabra vacía y en algunos estados una verdadera estafa en detrimento de todos los ciudadanos.

El año que viene siempre traerá consigo esperanzas e intenciones loables. Cambios que parecen estar a la vuelta de la esquina y al alcance de la mano, pero que, desafortunadamente, se renuevan en cada fin de año sin que haya ninguna transformación estratégica y estructural que comience a ver la luz.