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Opinión

Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente

Comparto este artículo que copié un día de un blog, lamentablemente no apunté su autoría, pero me pareció bien interesante su contenido, lo comparto porque estoy seguro además de que se autor estará bien de acuerdo con ello.

Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente

“Sons of Conspiracy” por Sanditio Bayu Estuputro

“Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente” Jacques Derrida
Hay estrategias políticas que son la demolición. Se puede buscar destruir a personas concretas, un partido, una región, un grupo social o la clase política. En todos los casos el discurso está formado por una visión sesgada. Para poner el foco en un hecho, hay que dejar otros hechos a oscuras, para contar una verdad hay que dejar de decir el resto de verdades. Esto desde una concepción polisubjetiva, admitiendo que el vaso se puede ver medio lleno o medio vacío y, a partir de allí, podemos partir en muchas lecturas posibles.
Evidentemente hay versiones de los hechos que se ajustan, más o menos, a una percepción más extendida. Lo que se suele llamar sentido común o lo que son las paradigmas de cada época, de cada cultura, de cada consenso… Esto nos lleva a tener que reflexionar a cómo se establecen las ideas establecidas y más tarde en manos de quién está la capacidad de instalar una visión hegemónica. Y ya puestos, no podemos subestimar la intencionalidad detrás de cada relato.
Ignacio Ramonet habla de las noticias que esconden otras noticias, un juego de máscaras de la información.
Tres ejemplos
Elisa Carrió es una política argentina, insidiosa, verborrágica y punzante. Se autodefine como la reserva moral del país. Y parece estar libre de pecado ya que no escatima en tirar la primera piedra contra todos los pecadores. Sus dardos venenosos recorrieron todo el arco político, sembrando la sospecha, fomentando la desconfianza y proclamando que todos los políticos representan lo peor de la sociedad argentina. Claro que también vocifera contra los jueces, la Corte Suprema, los periodistas, los militantes y le reprocha a la gente honesta no ser lo suficientemente valiente para derribar este orden de cosas.
El País es un diario español, propiedad del Grupo multimediático PRISA, que a medida que ha ido acrecentando su poder, su dimensión periodística se fue desvirtuando en pos de ariete corporativo, que utiliza su poder de fuego para aumentar su poder para afianzar sus negocios financieros y ejercer una influencia decisiva sobre el poder político en todos los países donde ejecuta sus operaciones de prensa. La más sonada fue la famosa portada con la foto de Hugo Chávez agonizando en el quirófano. Que luego resultó falsa, al igual que la supuesta información que querían avalar con dicha foto. Cuando el diario no tiene la foto que desearía, suele utilizar la que tiene pero con el epígrafe que se adapta mejor a la línea editorial del directorio, aunque contradiga la imagen.
Ha sido habitual el uso de fotos de víctimas de violencia presentados como agredidos por las fuerzas del estado, cuando se trataban de defensores del gobierno agredidos por grupos golpistas en Venezuela, Bolivia u Honduras.
Pero a Elisa Carrió le apareció un competidor de peso en Jorge Lanata. Periodista insultador, de larga trayectoria, que formara a dos o tres generaciones de periodistas en la Argentina. Actualmente se ha convertido en un gran embaucador que lanza denuncias hiperrecontrachequeadas que no resisten el mínimo análisis. Desde viajes en avión con bolsos cargados de moneda extranjera hasta barrios sedientos por el abandono estatal se convierten en parodias exhibidas en prime time televisivo, con grandes presupuestos, buenos guionistas y efectos de edición demasiado añejos como para sorprender a alguien despierto.
¿Pero qué sucede con el lector desprevenido de El País o con el consumidor pasivo del vómito televisado? ¿Qué pasa con alguien que lleva 10, 20, 30, 50 años alimentándose de una cierta parcialidad de lo real? ¿Qué pasa cuando a uno lo han educado en ciertas creencias, en cierto paisaje?
Si nos dijeron que la Tierra es el planeta verde, debe ser verde. Por qué uno debería creer que nos engañaron con una información, en principio, inocua. Puede aparecer un grupo de científicos que nos demuestran que no puede ser verde porque la mayor parte de su superficie es agua, azulada, incluso podemos ver las fotos que así lo corroboran. Pero a fuerza de llamar a algo de determinada manera, le seguimos diciendo “el planeta verde”.
Algo así sucede con la instalación de una mentira, la repetición inocula una respuesta irreflexiva. El sol sale por el este, por más ridícula que resulte esa afirmación.
Credibilidad rota
Cuando se descubre que Papá Noel son los padres se vive un golpe. Cuando se descubre que San Nicolás no se vestía de rojo y que eso fue impuesto por Coca Cola como propaganda, se vive otro. Sin embargo no se cuestiona demasiado, es más, se sigue repitiendo el mismo esquema engañoso, todos sabemos que es mentira, pero hacemos como si todos nos creyéramos el cuento porque nos divierte, o porque nos pone en posición de superioridad sobre aquellos que todavía no lo han descubierto. O porque deconstruir el paisaje histórico que uno conoce, significa reconstruir una forma de pensar, de ver, de escuchar, de interpretar la realidad.
Las tres cosas suceden cuando una mentira se repite. Se cree por ignorancia, por conformismo, porque uno confía plenamente en el portador del dislate o uno acepta esa mentira porque le resulta útil para confundir, engatusar, desquiciar al otro, al más débil. O se hace esto para mantener la coherencia del mundo que conozco, que construí, que me da seguridad.
Por supuesto que cuando la credibilidad está rota ya nada volverá a ser lo mismo. Y, por regla general, uno termina desconfiando absolutamente de todo lo que el mentiroso diga, a menos que uno pueda corroborarlo.
Estos mitómanos de la vida son capaces de hacernos creer de nuevo que la tierra es plana y, a su vez, hacernos dudar de que gire, si son ellos los que lo sostienen. Destruyen todo lo que tocan y quienes se suben a esos carros del engaño, lo hagan por complicidad o por debilidad, se convierten en propagadores de un engaño y sostenedores de un sentido común falseado.
Moraleja
Esto no deja de ser una versión más, subjetiva, posible, pero no excluyente, complementaria y no segura. Por lo tanto lo aquí expuesto debe ser cotejado con la propia experiencia y la propia percepción y sería interesante que anime a preguntarse el porqué de las simpatías y antipatías, de lo que despierta ternura o enfurece, lo que me da orgullo o vergüenza. Todo esto, más allá de los grados personales, son construcciones colectivas. Lo que también quiere decir, manipulaciones fuera de nuestro alcance. Cuando el hilo se ve es uno el que toma el control y el que construye su realidad relativa.

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